include_once("common_lab_header.php");
Excerpt for La gran montaña by , available in its entirety at Smashwords






La Gran Montaña

Aoife Awen


Cuento para niños/as de hasta 6 años



ÍNDICE


La gran montaña


Sobre la autora


La gran montaña


Había una vez un hada muy pequeña que vivía en el bosque. Su mejor amigo era un duendecillo, aún más pequeño que ella, a quién conoció una tarde que recogía flores cerca del arco iris.

Desde ese día, pasaban juntos todo el tiempo. Juntos, ayudaban a las abejas a hacer los panales, a las mamás de los pajaritos a enseñar a volar a sus hijos y enseñaban el camino a los niños que, por no hacer caso a sus padres, se perdían en el bosque.

Una mañana, la pequeña hada fue a buscar a su amigo a su casa pero se encontró con una mala noticia.

—Me estoy convirtiendo en piedra —explicó él, llorando—. Dentro de unos días me quedaré así para siempre.

—Pero… ¿Cómo ha podido suceder? —preguntó el hadita sin comprender.

—Nadie lo sabe. Son cosas que, a veces, nos pasan a los duendes. Estoy perdido.

Al oír esto, ella se sintió muy mal porque aún no había aprendido a hacer polvo mágico ni a usar su varita de deseos. Entonces recordó algo:

— ¡Pero eso tiene solución! Una vez leí que si coges flores del árbol llamado Padmia y tomas una taza en infusión, te curas.

—Pequeña amiga, el árbol Padmia solo crece en la Gran Montaña, y nadie puede llegar hasta allí.

— ¿Nadie?

—Bueno, quizá los humanos con sus aparatos y puede que también animales muy grandes pero desde luego, nosotros no. Somos muy pequeños.

  • ¡Pero tenemos que intentarlo!

— ¡Es imposible! —Lloró el duendecillo, asustado—. ¡Todo el mundo lo dice!

El hada regresó a su casa muy triste y desde ese momento, comenzó a mirar la Gran Montaña, cada noche desde su ventana. Todas las noches la miraba pensando en el duendecillo, en como lo echaría de menos cuando se convirtiera en piedra. Después, cada mañana, lo visitaba en su casita de madera para animarle.

Un amanecer, acudió a su casa como cada día y se encontró con una gran sorpresa:

—Iremos hasta allí y conseguiremos las flores —anunció el duendecillo muy animado mientras metía queso y pan en un hatillo—. Estaba muy asustado pero ya no quiero llorar más. Si no lo intento, entonces sí que será imposible.

— ¡Sí! —gritó el hada muy feliz.

Ella sabía que su amigo era muy valiente pero que había necesitado tiempo para pensar y animarse para hacerlo.

Y así hicieron. Con una capa, el duendecillo se cubrió los hombros que ya empezaban a convertirse en piedra y acompañó a la hadita a hacer su hatillo. Poco después, emprendieron el camino.

Cuando llegaron al pie de la Gran Montaña, ya era casi de noche. Miraron hacia arriba. Era tan alta que no se veía el pico y daba un poco de miedo.

—Te subiré a caballito e intentaremos subir volando.

— ¿Crees que lo conseguiremos?

—Si no lo intentamos, no lo sabremos nunca.

El duendecillo subió a su espalda y ella comenzó a batir sus alas de hadita, que se parecen mucho a las de las mariposas y con ellas pueden volar muy rápido. Voló y voló todo lo alto que pudo, pero la cima estaba muy lejos y nunca llegaban. Después de un buen rato, se hizo la noche. Estaba tan cansada que se quedó dormida en el aire y cayeron sobre un zorro rojo, con gafas, que dormía sobre una seta.

— ¡Ay! —gritó el zorro—. ¡Me habéis hecho daño!

—Lo siento mucho —contestó ella avergonzada—. Estaba tan cansada que me he dormido en el aire.

— ¡Casi me rompéis las gafas!

—Perdón —se disculpó el duendecillo—. ¿Por qué llevas gafas de sol por la noche?

—Porque la luna me deslumbra. ¿Y tú por qué eres tan cotilla?

El hada ya estaba cansada de tanta conversación. Había cosas más importantes que hacer, así que dijo:

—Mi amigo y yo queremos subir a la cima pero está muy lejos.

—Dicen que es imposible llegar —intervino el duendecillo.

—Eso debe ser porque nadie lo ha conseguido todavía… —El zorro parecía pensativo—. Me habéis caído bien. Haremos una cosa: os subiré a lomos durante la noche hasta donde llegue. Luego tendré que dormir durante el día pero podremos volver a ponernos en camino por la mañana ¿Qué os parece la idea?

— ¡Uy muchas gracias! Pero tenemos mucha prisa en llegar. El duendecillo se está convirtiendo en piedra y necesitamos flores de Padmia para beberlas en infusión —le explicó la diminuta hada.

— ¡Oh vaya! ¡Entonces no hay tiempo que perder! ¡Subid a mi lomo!

Y sobre aquel zorro rojo, amable y bonachón, corrieron y corrieron subiendo la montaña entre los árboles, agarrándose bien a su pelaje porque de no hacerlo, se hubiesen caído de lo rápido que iban.

‹‹ ¡Menudo mareo!¡Pero vale la pena si con eso conseguimos llegar lo más cerca posible. ››, pensaba el duendecillo.

Casi sin darse cuenta, se hizo de día. El zorro se detuvo muy cansado. ¡Ni siquiera habían parado a cenar! Y aunque ya habían recorrido más de la mitad del camino, quedaba la parte más difícil del viaje: llegar hasta la cima picuda a través de la pared de la montaña. ¡Ya no había más senderos ni caminos!

Bajaron del animal y mientras la hadita se encontraba bien porque estaba acostumbrada a volar, el duende se sentía muy mareado, tenía el estómago tan revuelto que incluso vomitó nada más bajarse. Aquello le duraría todo el día, seguro.

— ¿Estás bien? —le preguntó su amiga.

— ¡No mucho, pero tenemos que seguir! —gritó con mucho ánimo—. Muchas gracias por traernos, señor zorro.

— ¿Y qué haréis ahora?

—Seguir buscando la forma de llegar a la cima. Ya no queda tanto.

—Si queréis, puedo esperaros aquí para acompañaros de vuelta al pie de la montaña.

—Muchas gracias, señor zorro. Te lo agradecemos mucho.

Su nuevo amigo se retiró a descansar junto a un árbol y el duendecillo y la hadita decidieron comer un poco antes de continuar su camino. Al duendecillo le costó un poco porque no se encontraba muy bien, pero hizo un esfuerzo porque sabía que era necesario estar fuerte para llegar hasta el árbol.

Después, volvieron a ponerse en camino. Ya solo quedaba subir la pared más inclinada de la montaña. A ratos volaba sobre la hadita y a ratos se detenían en un saliente para descansar. Luego volvían a subir, volando muy cerca de la pared de roca y se detenían de nuevo para coger fuerzas.

Fueron momentos muy difíciles, el duendecillo estaba aún más mareado que antes debido a la subida y sus pies empezaban a transformarse en piedra, haciendo que cada vez pudiera moverse menos y pesara más sobre su amiga. A pesar de eso, ninguno de los dos se rindió. No cesaron en su empeño ni un minuto, y siguieron y siguieron pero cuando ya les quedaba poco para llegar, no pudieron más. Estaban tan cansados… así que se detuvieron en un saliente donde una mamá águila tenía su nido.

Ésta, al verles, tuvo miedo de que hubieran venido a hacer daño a sus pequeños:

— ¡Fuera de aquí! ¡Fuera! —gritaba nerviosa, mientras batía las alas para alejarlos del nido, despertando a sus hijos, que dormían dentro.

— ¡No somos malos! ¡Somos buenos!

En medio del jaleo, una de las crías quiso salir del nido asustada, con tan mala suerte que tropezó con una rama y cayó por el borde. ¡Era todavía muy pequeña y aún no sabía volar!

La madre estaba tan ocupada intentando echar a los dos amigos que no se dio cuenta, pero el hadita fue muy rápida, al verlo. Pese a lo cansada que estaba voló tan rápido como pudo hacia el bebé del águila, lo agarró de las pocas plumas que ya le habían crecido y lo devolvió a su cama en el nido, sano y salvo.

—Le has salvado la vida. Te lo agradezco dijo la madre.

—No tiene importancia.

—Sí que la tiene. Es mi hijito. ¿Cómo podría agradecéroslo?

Ellos se miraron.

— ¿Podría llevarnos hasta la cima de la montaña? —pidió el pequeño duende.

—Claro que sí. Os cogeré uno a uno con cada una de mis garras.

Así lo hizo. Por el camino le explicaron por qué necesitaban llegar hasta arriba, y el ave voló aún más rápido.

Así fue como llegaron hasta la cima de la montaña. Allí estaba el árbol Padmia.

Mientras recogían sus bonitas flores, de un precioso color verde brillante, su nueva amiga alada los esperaba para acompañarles de nuevo a la vuelta.

Cogieron tantas como pudieron, metiéndolas en sus hatillos.

—Tenemos que atar bien el nudo. No tenemos que perder ninguna —dijo el hadita con la mirada tan brillante como las —. Ni una sola.

Y el duendecillo le hizo caso a pesar de que ahora, sus brazos también estaban transformándose en piedra.

Cuando terminaron, la mamá águila fue muy amable y los acompañó volando hasta el pie de la montaña, pero no pudo alejarse más porque ya había dejado a sus hijos solos demasiado tiempo y se había hecho denoche.

—Te damos las gracias por ayudarnos —se despidió el duendecillo.

—Espero que volvamos a vernos —dijo el hadita.

—Yo también lo espero, y deseo de todo corazón que te cures muy pronto.

Muchas gracias, señora. Seguro que lo haré.

Después de despedirse, la vieron alejarse volando y decidieron tomar una cena rápida bajo la luz de la luna, antes de volver al camino.

Cuando ya terminaban, escucharon una voz conocida:

— ¡Qué aproveche! Veo que habéis conseguido llenar los hatillos.

Ellos miraron al lugar de donde provenían aquellas palabras, viendo con alegría que se trataba del zorro rojo con gafas de sol.

— ¡Buenas noches, zorro! ¡Hemos vuelto a encontrarnos! —saludó el duendecillo.

—Es que os estaba esperando, como dije que haría.

—Creíamos que lo habías olvidado —dijo la pequeña hada.

—Nada de eso. Yo me acuerdo de todo.

— ¿Nos acompañarás hasta la seta donde nos conocimos?

Haré algo mejor: os acompañaré hasta casa. Debéis estar muy cansados después de tan largo viaje.

—No queremos ser una molestia dijo el duende.

—Para nada lo sois, pequeños amigos.

Terminaron de cenar y enseguida se pusieron en camino. Como la otra vez, viajaron sobre su lomo durante toda la noche y los dos se quedaron dormidos por el cansancio. Al llegar a la seta, el zorro ya estaba bastante fatigado pero hizo un esfuerzo más y llegaron a casa del duendecillo.

—Si necesitáis cualquier cosa, estaré junto a la seta.

—Te lo agradecemos, amigo zorro.

Dicho esto, el veloz animal se marchó por donde había venido.

Los dos amigos corrieron hasta la cocina y prepararon la primera infusión. El duendecillo la tomó. ¡Qué mala estaba! A pesar de ello, terminó su taza pero no notó nada extraño ni se sintió mucho mejor. De hecho, con las emociones, vuelos y carreras por las que había pasado, seguía sintiéndose mareado.

—Debes seguir tomándolas cada día y poco a poco volverás a ser el de antes. Quizá se necesiten más infusiones y más tiempo dijo su amiga.

— ¿Y si se gastan las flores y aún no me he curado del todo?

Pues subiremos de nuevo a por más. Lo haremos las veces que haga falta hasta que la piedra haya desaparecido por completo.

Desde entonces, el duendecillo bebió cada día su taza de flores de Padmia sin olvidar ninguna. Necesitó muchas infusiones y tuvo que repetir el duro viaje hasta la cima de aquella montaña, varias veces, para recoger más flores. Su amiga hadita siempre lo acompañaba y desde que se habían conocido, el zorro rojo siempre los esperaba sobre la seta y la mamá águila siempre los llevaba hasta la cima.

El pequeño duende no desistió y aunque sabía muy mal, continuó tomando su infusión. Y por fin, un día, la piedra fue desapareciendo de su cuerpo hasta que ya no quedó nada.

Y él y la hadita fueron muy felices. Y el zorro rojo y la mamá águila, fueron sus amigos para siempre. Desde entonces, juntos ayudaron a otros duendecillos que se convertían en piedra a subir a la Gran Montaña. Les enseñaron a recorrer el duro camino, a no rendirse, a que debían atar bien fuerte el nudo del hatillo para no perder ni una sola flor y hacer con cada una de ellas, una infusión. Y estos, a su vez, ayudaron a muchos otros.

Nadie volvió a decir, nunca más, que a la Gran Montaña era imposible llegar.


FIN



Sobre la autora

Aoife Awen nació en una ciudad cercana a Barcelona, (España). Siempre fue una niña imaginativa y soñadora en la escuela; le encantaba crear historias y vivirlas como si fueran suyas. Cuando pudo permitírselo estudió guión cinematográfico, clases que compaginaba con un trabajo que nada tenía que ver con su lado creativo pero que le permitió costearse los estudios.

Escribió varios guiones de cortometrajes y largometrajes utilizados en la escuela de cine y algunos otros que serán transformados en novelas en un futuro cercano. También colaboró con artículos sobre cocina, cine y mascotas en la web Suite101 bajo su nombre real y ha escrito algunos cuentos infantiles.

Creció con clásicos cinematográficos de los 80 como Legend, La princesa prometida, Willow, Dentro del laberinto, Lady Halcón…  y su primera novela, “Sueños” (El corazón & la espada I), es un pequeño homenaje a ese tipo de historias; el primer libro de una bilogía romántica con toques de fantasía, dirigida especialmente a lectores de romance con escenas para adultos.









Download this book for your ebook reader.
(Pages 1-10 show above.)