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La reina de la isla del cielo


por J-Powers


Adaptación de Sky Island, L. Frank Baum


Traducción: Jessica Garcia



La reina de la isla del cielo


D.R. © 2018 J-Powers

Todos los derechos reservados

Publicado por PowerPlayz






Queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía, el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares de la misma mediante alquiler o préstamo públicos.


Traducción: Jessica Garcia

Diseño de la portada: PowerPlayz Publishing

Fotografía de la portada: Nicole Sloan


ISBN: 978-0-9859175-4-8


Número de control de la Biblioteca del congreso: pending





Tabla de contenido


Prólogo

Capítulo Uno – Guiso de Salchica

Capítulo Dos – Riesgo de Volar

Capítulo Tres – El Boolooroo

Capítulo Cuatro – Las Princesas Pretenciosas

Capítulo Cinco – Hombres Parchardos

Capítulo Seis – Ciudad Azul

Capítulo Siete – Atracción de Animal

Capítulo Ocho – ¡Vete de aquí, muchacho!

Capítulo Nueve – La Huida a Través de la Niebla

Capítulo Diez – Pobreza de Reyes

Capítulo Once – Cambio de Régimen

Capítulo Doce – Movimientos de Guerra

Capítulo Trece – ¡Al Ataque!

Capítulo Catorce – Comandante Capturado

Capítulo Quince – Rescate Desesperado

Capítulo Dieciséis – El Macho Cabrío

Capítulo Diecisiete – Conjuntos de Metal

Capítulo Dieciocho – La Justicia se ha Cumplido

Capítulo Diecinueve – El Ataque del Elefante

Capítulo Veinte – Rumbo a Casa

Epílogo

Acerca de J-Powers

El Autor Agradece



Prólogo


Había una vez una niña llamada Tara. Todos los días se sentaba en el acantilado cercano a la casa de campo de la familia para esperar a que su padre, que era soldado, regresara de sus travesías militares. Pero un día…



Capitulo Uno


Guiso de Salchicha


Una bandada de gaviotas vuela sobre las olas del mar lento y ondulado. Se acercan al acantilado y suben por la orilla pedregosa. Llegan a la cima, dan vueltas y, más tarde, aterrizan.

Hay pedazos de pan tirados entre el zacate seco, y la gaviota líder de la bandada los identifica desde lejos; las demás se ciernen cerca, graznando fuertemente. La gaviota líder se lanza con cautela moviendo la cabeza y los ojos constantemente. Pica un pedazo de pan y lo devora. Grazna con fuerza.

Con aquella señal, las gaviotas enjambran sobre el pan y empiezan a picarlo y tragarlo.

Tara, una niña de cabello corto y oscuro, se acuesta boca abajo sobre el zacate alto y seco, y mira a las gaviotas. Lleva puestas una sudadera plata y medias de color carbón. Se hinca sigilosamente. Sostiene una jabalina en la mano.

La gaviota líder levanta la cabeza, observa en dirección a Tara y chilla un llamado de alerta. De inmediato, las otras gaviotas baten sus alas para levantar el vuelo.

Tara se levanta y arroja la jabalina hacia las gaviotas. Desde el aire, la jabalina arrastra una red triangular con dos de sus ángulos asegurados en el suelo. Rápidamente, las gaviotas alzan el vuelo. La jabalina avanza entre la bandada, expandiendo tras de sí la red. Algunas gaviotas logran escapar pero otras caen atrapadas, aleteando con desamparo. La jabalina arponea el suelo con la red y atrapa a seis gaviotas que forcejean tratando de escapar.

Con la cara manchada de tierra, Tara levanta los puños y grita triunfante: “¡Sí!”. Lleva una jaula de alambre y se acerca corriendo a las gaviotas atrapadas. Una de ellas grazna conforme la niña intenta sacarla de la red. Tiene un ala rota. Con actitud indiferente, Tara la deja caer al suelo. Mete la mano en la red para sacar a la segunda y chillante gaviota. Está exangüe y Tara la deja caer.

Una tras otra, Tara coge la tercera, la cuarta, la quinta y la sexta gaviota; las apila en el suelo. Están todas lastimadas, aletean y chillan. La niña se sienta y azota los puños contra el suelo: “¡Carajo, carajo, carajo, carajo!”, exclama.

De pronto, una gran sombra avanza en torno a ella, la cubre y oscurece el entorno. Tara ve que algo grande, oscuro y con forma de platillo viene bajando del cielo. Se cubre la cabeza con los brazos al tiempo que el objeto cae muy cerca de ella. Se descubre la cabeza y observa: primero ve un par de botas que presentan unas piernas al descubierto, después ve unos pantalones cortos, luego una camisa y, finalmente, la cara de Bobo, un niño que pliega una gran sombrilla.

—Hola —dice el niño.

Tara se pone de pie de un salto.

—¿Qué diablos...?

—No quise asustarte.

—¿De dónde viniste?

—Desde muy lejos —dice Bobo.

—¡No seas tonto!, me refiero a ¿cómo conseguiste volar?

—Esta sombrilla —dice Bobo. Muestra una sombrilla vieja y negra cuyo mango es una cabeza de un elefante con ojos de piedras rojas.

—Casi me rompes el cuello —vocifera Tara—. Dime la verdad, antes de que te rompa la nariz.

—Perdona. Te estoy diciendo la verdad. —Bobo mira a su alrededor—. ¿Qué pasó con estos pájaros?

—Olvídalo. —Tara se acerca para examinar la sombrilla—. ¿Quieres decir que esta cosa vuela? —pregunta mientras se acerca para tocarla.

Bobo se aleja.

—Sí.

—¿Puedo verla?

—Puedes verla, pero no puedes tenerla. Es… —Bobo busca la palabra correcta— una reliquia de familia.

—¡No me digas! Seguramente es un pedazo de basura que tenías en la bodega junto con… —Tara procura arrebatarle rápidamente la sombrilla, pero Bobo se aparta, esquivándola.

—¡Dije que no! —grita Bobo vehementemente.

Tara sonríe.

—Eres muy rudo para tu tamaño.

—¿Qué te pasa?

—Cuando lo averigüe —dice Tara encogiendo los hombros—, te aviso.

De repente, detrás de Tara y Bobo se escucha la voz estremecedora de un hombre que los interrumpe.

—¡Tara! ¿Te volviste loca?

Tara y Bobo voltean; el Sargento Rik se les acerca bruscamente.

—Solamente quiero enviarle un mensaje —dice Tara.

—¡Ya te dije que él no está allá!

—¡Pero soñé que sí estaba!

—¿Y qué mensaje crees que le estás enviando al mutilar a esos pájaros?

Tara mete la mano en uno de los bolsillos de su sudadera y saca unos pequeños viales hechos de vidrio, cada uno suspendido de una hebra de hilo y con una hoja de papel enrollada marcada con letra escrita a mano. Vuelve a meter los viales en el bolsillo.

—Estúpidos pájaros. Si no hubieran forcejeado, estarían bien.

—¿Y qué vas a hacer ahora? —pregunta el Sargento Rik.

—Deshacerme de ellos. No pueden sobrevivir.

—¿Y si alguien hubiera opinado eso mismo sobre mí? —pregunta el Sargento Rik, que está parado sobre dos prótesis de pierna—: “Pobre Sargento Rik. Perdió sus piernas. No puede sobrevivir”.

—Eso es diferente. Tú eres un soldado.

—Y tú, la hija de un soldado.

—Solamente lo quiero de regreso. Necesito entregarle ese mensaje.

—No está en aquella isla.

—¿Entonces en dónde está? —demanda Tara.

—Sigue en su travesía. Es todo lo que sabemos.

—Entonces sí podría estar allí. ¡En mi sueño sí lo está!

—Bueno —dice el Sargento Rik—, haz cualquier cosa que te ayude a pasar la noche, niña. Pero que no sea atrapar a los pájaros. A éstos nos los llevaremos al rescate de animales. —El Sargento Rik mira finalmente a Bobo—. ¿Quién eres?

—Bobo.

—Estás involucrado en esto, ¿o solamente venías pasando?

—Dice que llegó volando con su sombrilla —agrega Tara.

El Sargento Rik lo mira larga e inquisitivamente.

—Ya nada me sorprende. —El Sargento Rik toma la jaula hecha de alambre—. Recoge a los pájaros, Tara, y trátalos con cuidado.

Tara levanta a una de las gaviotas heridas y la mete en la jaula que el Sargento Rik mantiene abierta.

Mientras, Bobo abre su sombrilla. Tara sonríe con malicia y recoge otra gaviota.

—Quítate, niño.

Bobo mira con confianza a la sombrilla y le pide:

—¡Llévame volando por encima de Tara y del Sargento Rik!

Instantáneamente, la sombrilla, con Bobo sujetado firmemente al mango, se dispara hacia el cielo, mucho más arriba que Tara y el Sargento Rik.

Tara observa boquiabierta. El Sargento Rik, aún con la jaula abierta, usa la mano libre para proteger sus ojos del sol, y sigue la ruta de la sombrilla. Con Bobo sujetado a la cabeza de elefante, la sombrilla desciende rápidamente en espiral hasta que casi choca contra el suelo, y de repente se vuelve a levantar, lo que obliga a Tara y al Sargento Rik a tirarse para evitarla. La sombrilla desciende suavemente dejando a Bobo con los pies en la tierra. Tara levanta la cara, que está cubierta de polvo.



En la noche, en la pequeña casa de campo de la familia de la niña, Tara, Bobo y el Sargento Rik se sientan tímidamente alrededor de la mesa de la cocina. La madre de Tara pone platos de papel sobre la mesa.

—Una tarea sencilla —dice la madre pausadamente—, eso es todo lo que te pido para hacer mi día un poco más fácil. —Se inclina sobre la mesa hacia Tara—. Pero no. ¡No lo pudiste hacer!

Tara mira a Bobo, que estaba a su lado, y al Sargento, un poco más allá.

—Ve a la tienda de telas, y tráeme diez metros de tela estampada de leopardo.

—Pensé que dijiste malla —Tara dice débilmente.

La señora saca de la olla una cucharada de papas cortadas en cubitos y salchicha de Bolonia y los sirve en el plato de Tara.

—Tela… estampada… de… leopardo.

—Me equivoqué.

La madre le sirve papas a Bobo.

—Estoy haciendo cojines para vender y poder tener un dinero extra mientras tu papá no está.

—Yo devuelvo la malla mañana.

—La señora sirve una cucharada en el plato de Sargento Rik.

—¿Y dónde estabas mientras todo esto pasó? —le pregunta.

—Yo ... mmm... —tartamudea el Sargento Rik.

—Yo... ¿qué? —pregunta la mamá de manera burlona.

Bobo observa el plato de papas cortadas en cubitos y salchicha de Bolonia y le pregunta a la mamá de Tara:

—Disculpe.

—¿Qué? —casi ladra la madre.

—¿Qué es esto?

Lo mira como si lo viera por primera vez.

—¿Quién es éste?

Tara se acerca a Bobo.

—Es mi amigo Bobo.

La mamá deja de mirar a Tara y a Bobo y dirige al Sargento Rik unos ojos de pistola. El Sargento Rik sonríe tímidamente. La madre voltea hacia Bobo.

—Es guiso de salchicha, y si no te gusta...

—¡Ah, no! ¡Sí me gusta!, sólo tenía la duda...

—¿De dónde es tu familia, Bobo? —interroga mamá.

—Me va a ayudar a devolver la malla mañana —interrumpe Tara rápidamente.

—Mi familia vive en... —responde Bobo, pasando por alto la señal que Tara le acababa de insinuar.

Tara lo interrumpe tajantemente.

—Para la tela estampada de leopardo.

La madre observa a Bobo cuidadosamente.

—Así que, ¿está bien que se quede la noche? —pregunta Tara.

La señora le regala a Bobo una segunda cucharada de guiso.

—Es la especialidad de la casa.




Capítulo Dos


Riesgo de Volar


A la mañana siguiente, Bobo ve que Tara, en el patio de la cabaña, amarra un columpio de madera al mango de la sombrilla.

—¿Qué es esto? —pregunta Bobo.

—Para ir sentados… en el vuelo.

—Solamente vamos a ir al pueblo, ¿no?

—Eso será más tarde —contesta Tara.

—Pero tu mama…

—¡Dije más tarde!

—Entonces, ¿a dónde vamos? —pregunta Bobo.

Tara mira hacia el mar desde la cabaña, en el borde del acantilado. A lo lejos, una isla se asoma. Bobo la ve, y luego a Tara.

—¿Qué hay ahí? —pregunta.

—Ahí está mi padre; en una misión militar secreta.

—Si es secreta, ¿cómo sabes de ella?

—Te dije, tuve un sueño. ¡Pues, vámonos! —dice, acomodándose en el columpio.

—No sé —dice Bobo—. No quiero que tu mamá se enoje conmigo. A pesar de que es amable, me da un poco de miedo.

—Es por la ausencia de mi papá. Todos nos estamos volviendo locos, porque lo extrañamos mucho.

—¿Y el Sargento Rik?

—No necesito contarle todo a “esa niñera”.

—¿Y por qué no? —grita el Sargento Rik.

Tara y Bobo se dan cuenta de que el Sargento Rik los está alcanzando, y lleva algo bajo el brazo.

—Fantástico —masculla Tara para sí misma.

—¿A dónde van?

—A la tienda —contesta Tara.

—¡Mentirosa!

—Entonces, ¿para qué preguntas?

—Tu papá me dio una tarea. —El Sargento Rik se les acerca y ata su propio columpio a la sombrilla rápidamente—. Y yo siempre cumplo.

Se sienta y mira a Bobo, que está a su lado.

—¿Pues qué esperamos?

Bobo pasea la mirada del Sargento Rik a Tara, y luego otra vez al Sargento Rik. Sacude la cabeza ligeramente y se acomoda en columpio, al lado de Tara.

—Así que, ¿cómo se llama?

—Tiene un nombre difícil de pronunciar. Digamos que se llama “Isla del Cielo”.

Bobo sujeta la sombrilla y da la orden:

—¡Quiero ir a Isla del Cielo!

Instantáneamente, el artefacto volador se eleva llevando los asientos de Bobo y Tara, y debajo de ellos, el del Sargento Rik.

—¡Oh por Dios! —exclama el Sargento Rik.

Conforme ascienden, la cabaña y el acantilado se van alejando.

—Tara, ¡no te sueltes!, le grita el Sargento Rik.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío! —grita Tara emocionada.

Bobo se ve relajado, ya que la sombrilla se acerca al cielo avanzando sobre el mar. Al contrario, el rostro del Sargento Rik está muy serio, y los ojos de Tara están enormes de emoción. Entre las prótesis de sus piernas, el Sargento Rik distingue algunas gaviotas y las olas onduladas del mar, muy lejos.

—¿Supongo que sabes lo que estás haciendo, verdad Bobo?

—¡Mejor agárrate bien, Sargento Rik!

—¡Carajo! — articula el Sargento Rik.

La sombrilla y su trío de pasajeros planean a través del cielo, a miles de metros de distancia del agua; la isla se asoma en el horizonte pero se ve todavía muy lejos. En cuestión de minutos, sobrevuelan la isla, con sus peñascos, cañones y matorral.

El Sargento Rik mira hacia abajo.

—¡Ey, Bobo! —dice con desconcierto.

—Sí, lo sé —dice Bobo. Suspendidos en sus asientos, amarrados a la sombrilla, miran la isla, que crece a la distancia.

—¿Por qué no estamos descendiendo? —pregunta Tara.

—Quizás no lo dije bien —dice Bobo, viendo la sombrilla—. ¡Dije que quería ir a Isla del Cielo! “Isla del Cielo”. ¿No entiendes?

Se alejan aún más de la isla. Se miran entre sí.

—¿No hay cómo pararla? —pregunta el Sargento Rik.

—No que yo sepa —contesta Bobo.

—Quizás “Isla del Cielo” no sea su verdadero nombre —sugiere Tara.

—¡Nosotros sabemos que así no se llama! —grita el Sargento Rik—. Sólo le dijimos así.

—Ése es el problema —dice Bobo—. En algún lugar, sí existe la verdadera Isla del Cielo. Como fue ésa la instrucción que le dimos a la sombrilla, ahí nos llevará.

Los pasajeros ascienden hacia las nubes, grandes y oscuras, cargadas de humedad. Se empapan con la lluvia, y se sujetan fuertemente a las cuerdas. De pronto, la sombrilla se dispara hacia un banco brumoso y ondulante de nubes blancas. Desde aquí, el artefacto volador continúa subiendo, y se dirige hacia un arcoíris en la distancia. Las nubes tienen la forma de los árboles de un bosque, buques de vela y castillos con torres. Tara se da cuenta de que algo ha cambiado.

—Creo que estamos descendiendo —dice.

—¿Hacia dónde? —pregunta el Sargento Rik.

—No lo sé —dice Bobo.

Bajan a través de la neblina y entran en un espacio claro, de un azul hermosísimo.

—¡Miren! —dice el Sargento Rik—. Ahí abajo hay tierra.

Tara y Bobo se inclinan para lograr ver.

—¿Es una isla? —pregunta Tara.

—Parece que sí —responde el Sargento Rik.

—¡Debe ser Isla del Cielo! —exclama Tara.

—Un lado es azul, y el otro rosado —observa el Sargento Rik.

—Sabía que la sombrilla no podía equivocarse —dice Bobo.

Descienden hacia la isla; el lado rosa y el azul están separados por unas nubes bajas y densas.

—¡Estamos aterrizando en la parte azul! —grita el Sargento Rik, que distingue, a través de las prótesis de sus piernas, algunos árboles, charcos, y casas que se acercan cada vez más.

—Sujétate bien al mango, Tara. ¡No lo sueltes, Bobo!

La sombrilla desciende rápidamente. Los tres se aferran a las cuerdas, y una neblina densa y azul los atraviesa con prisa. Sentado en el asiento de abajo, el Sargento Rik se detiene repentinamente. Tara y Bobo, cada quien en su propio asiento, aterrizan encima del Sargento Rik, y la sombrilla cae lentamente sobre ellos. De repente, desde la neblina azul, se escucha una voz furiosa:

—¡Quítense! ¡Que se quiten! ¿Por todos los cielos, qué hacen sentados encima de mí?

El Sargento Rik trata de zafarse del enredijo de cuerdas y piernas que envuelven su cabeza y sus hombros. Bobo desata las cuerdas del mango y las dobla. Tara se incorpora e inspecciona el lugar. De repente, ve algo arriba.




Capítulo Tres


El Boolooroo


Bajo las prótesis del Sargento Rik aparece el Boolooroo, un hombrecillo de piernas largas, cuerpo redondo como pelota, cuello de avestruz y cabeza pequeña. Su piel es color azul cielo, y su cabello, parado y con la punta en rizo, es también azul. Viste ropa ajustada de seda azul con un pliegue ancho que le envuelve el cuello, y sobre el pecho lleva una joya preciosa, con forma de estrella y piedras azules brillantes.

El Sargento Rik, Tara y Bobo están acostados en un jardín de vegetación azul. El Boolooroo se pavonea pomposamente y mueve la cabeza con desdén.

—¡Simios! —grita el Boolooroo—. ¡Brutos! ¡Criaturas miserables! ¿Cómo se atreven a entrar a mi jardín, golpear mi cabeza, y hacerme sufrir? ¿Qué no saben que el Boolooroo de los Azules se vengará? Podría ordenar que los parchen por este insulto, lo que significa que cada uno de ustedes sería cortado por la mitad y después se unirían las partes de uno con las del otro; juró que lo haré, ¡y si no, dejaré de ser el Boolooroo Real de Isla del Cielo!

—Entonces, ¿ésta sí es Isla del Cielo? —pregunta Tara.

—Claro que lo es —vocifera el Boolooroo—. ¿Qué otra cosa podría ser? Y yo soy el jefe, el rey, el único potentado real y dictador. Tienen frente a ustedes, en este personaje —al que han insultado—, al poderoso ostentoso y portentoso Boolooroo Real de los Azules.

—Un verdadero placer —dice el Sargento Rik—. Discúlpenos por haber aterrizado encima de usted.

—¡No los perdonaré! —dice el Boolooroo—, pero sí los castigaré; no hay duda de eso.

—¡El Sargento Rik le está ofreciendo sus disculpas! —exclama Tara—. Si llegara a nuestro país y algo así le sucediera, lo trataríamos cordialmente.

—¿En su país? —pregunta el Boolooroo—. ¡Cielos! Pues, ¿de dónde vinieron?

—Vivimos en la Tierra —contesta Tara.

—¡Mentira! —grita el Boolooroo—. Nadie puede vivir allí. Es un balón de lodo y agua, redondo, frío y árido.

—De hecho, señor, es muy bonita… excepto alguna que otra cosa —dice Bobo.

—No te creo —dice El Boolooroo—. Creo que ustedes están viviendo aquí, en Isla del Cielo, donde no tienen derecho a estar con sus asquerosas pieles. Además, se han metido en el jardín privado del palacio del magnífico prolífico Boolooroo; lo que es un crimen.

—¡Basta! —dice el Sargento Rik firmemente—. Ya pedimos disculpas y hemos tratado de ser amables. Es obvio que nos equivocamos y llegamos a un lugar del que no sabemos nada. No se preocupe, retomaremos nuestra navegación inmediatamente.

—¿Navegación?

—Sí, lo hacemos con este artefacto volador —dice el Sargento Rik.

El Boolooroo estira el cuello y se dirige a Bobo, quien sostiene la sombrilla.

—Ah, comprendo.

—¿Está de acuerdo?

—¡Está bien! —El Boolooroo retrocede.

El Sargento Rik se pone de pie.

—¡Bobo! Deja la sombrilla y ayuda a Tara a desenredar este caos.

Bobo obedece y junto con Tara desenreda las cuerdas y los asientos de madera. El Sargento Rik vigila la situación entre Boolooroo, Tara y Bobo, ya que el déspota azul los mira con mucho interés. Voltea un instante para ajustar una de sus piernas protésicas, y en ese segundo, el Boolooroo se apodera rápidamente de la sombrilla.

—¡Ajá! —dice el Boolooroo—. No pueden irse. ¡Ahora son mis prisioneros!

El Sargento Rik brinca hacia el Boolooroo, apretándole el cuello.

—¡Suelte la sombrilla! ¡Suéltela!

La sombrilla cae al suelo y Bobo la recoge. El Sargento Rik aprieta con más fuerza el cuello del Boolooroo.

—¡No lo mates, Sargento Rik! —grita Bobo.

El Sargento Rik lo suelta, aventándolo.

—¿Matarme? Eso es imposible. Nada puede acabar conmigo.

—¿No? —pregunta el Sargento Rik dudosamente.

El Boolooroo jala el rizo de la punta de su pelo, y en la distancia timbra un cascabel.

—Aún no he vivido mis seiscientos años. Cada Pielazul en Isla del Cielo vive exactamente seiscientos años desde el momento en que nace.

—¿Es un hecho? —pregunta Sargento Rik, bromeando.

El Boolooroo jala la parte inferior de su oreja derecha, y en la distancia timbra otro cascabel.

—Es un hecho. No tienes que pensar en matar a nadie en Isla del Cielo. Es algo imposible.

—¿Cuantos años tiene?—pregunta Tara.

El Boolooroo toca la punta de su nariz, y en la distancia timbra otro cascabel.

—¡Eso es impertinente! Pero diré que a cada Boolooroo lo eligen para reinar durante trescientos años, y aún no he reinado doscientos. Mi sucesor ya fue elegido, pero le faltan cien años para su turno.

—¡Tara, Bobo, nos vamos! —ordena el Sargento Rik.

Bobo está sentado en su asiento de madera y abre la sombrilla.

—¡Listo!

—¡Pues muévete, Tara!

Tara se sienta en junto a Bobo. El Sargento Rik mantiene vigilado al Boolooroo desde su asiento.

—¡Hasta pronto!, señor Boolooroo.

De repente, una pesada cuerda azul cae desde la vegetación y envuelve el mango de la sombrilla. Otra cuerda azul, en el mismo instante, envuelve a Bobo, aprisionándole los brazos sobre su cuerpo. Y una tercera cuerda paraliza a Tara. Al final, una cuarta cuerda sujeta al Sargento Rik, formando el número 23.




Capítulo Cuatro


Las Princesas Pretenciosas


Los guardias azules, todos parecidos a Boolooroo, llevan a Bobo, Tara y el Sargento Rik enredados en las cuerdas azules, a través del gran salón del Palacio Azul, ante el Boolooroo. Los miembros de la corte están formados en dos filas en ambos lados del salón. El déspota, sentado sobre su trono azul, con la sombrilla en su regazo, ordena con las dos manos que paren, que no avancen más.

—¡Capitán de los guardias! —grita el Boolooroo. El capitán ultramarino atiende rápidamente—. Lleva este artefacto a la Tesorería Real y asegúrate de que la puerta quede bien cerrada con esta llave, y si no me la devuelven en cinco minutos, ordenaré que te parchen.

—A sus órdenes, poderoso y ostentoso rey —contesta el capitán. Lleva la sombrilla y sale del gran salón, al tiempo que las princesas pretenciosas entran.

—Ahí vienen mis hijas, las damas más bellas y aristocráticas de Isla del Cielo —exclama el Boolooroo al ver a las princesas. Son seis, y caminan coordinadas a un mismo paso. Llevan hermosos vestidos de seda, con borlas, pliegues, holanes, encajes y listones, todo en una escala de color que va desde el azul claro hasta el azul marino. Sus cabellos, también azules, están extravagantemente peinados, levantados hacia la punta de sus cabezas. Avanzan con movimientos afeminados, con la cabeza en alto. Los vestidos ocultan sus piernas, tan grotescas como las de los hombres; sus cuellos son tan delgados que los pliegues que los envuelven sirven para que se vean absurdos.

—Pobre de mí, su majestad —dice Cerúlea—. ¿Quiénes son estas criaturas tan extrañas y feas? ¿De dónde vienen?

—Dicen que son de la Tierra —contesta su padre.

—Eso es imposible —dice Turquesa—. Nuestros científicos han probado que no hay vida en la Tierra.

—¿Cómo llegaron a Isla del Cielo? —pregunta Zafiro.

—Con una sombrilla que usan como artefacto volador, la que he confiscado y guardado en la tesorería real.

—¿Qué harás con estos monstruos, papá? —inquiere Celeste.

—Todavía no lo decido. Como puedes ver, son curiosos, y quizás sirvan para entretenernos, pero como no son muy civilizados, los haré mis esclavos.

—¿De qué nos sirven? —pregunta Cobalto—. ¿Tienen alguna utilidad?

—Ya lo veremos. No lo puedo decidir con prisa. Si hay algo que odio, es la prisa.

—Tengo una idea, su majestad —exclama Índigo—. Danos a la niña para que sea nuestra sirvienta; que nos atienda y nos entretenga cuando estemos aburridas. Todas las damas de la corte sentirán envidia, y si la niña no nos sirve, la usaremos como alfiletero.

—¡Muy bien, como gusten! —dice el Boolooroo, mirando a Tara—. Te presento a las seis bellas y pretenciosas princesas, cuya esclava serás. Si eres obediente y bien portada, no te golpearán las orejas más de una o dos veces.

—Yo no soy esclava de nadie —replica Tara—. Y no tendré nada que ver con estos engendros.

—¡Qué imprudente! —exclama Cerúlea.

—¡Qué vulgar! —dice Turquesa.

—¡Qué poco refinada! —comenta Zafiro.

—¡Qué chistosa! —bufa Celeste

—¡Qué absurda! —observa Cobalto.

—¡Qué malvada! —susurra Índigo.

Las princesas elevan sus manos al cielo, horrorizadas.

—Estoy seguro de que sabrán cómo obligarla a obedecer, y si no lo hace, mándenmela y ordenaré que la parchen. Ahora, ¡llévensela! —dice el Booloroo.

El Sargento Rik avanza hacia el Booloroo.

—Le pido que no nos separe, su majestad. Si es que seremos esclavos, por favor, no nos separe, haga que todos seamos esclavos.

—Haré lo que me dé la gana. En Isla del Cielo hay una sola voluntad real, y es la mía.

Las princesas agarran la punta de la cuerda que envuelve a Tara, para llevársela.

—No te preocupes, Tara —dice Bobo.

—Te sacaremos de esto —dice el Sargento Rik.

Las princesas la arrastran fuera del gran salón. El capitán ultramarino regresa. El Boolooroo observa a los cautivos que quedaron en el salón.

—Bueno, les indicaré sus trabajos —mira al Sargento Rik cuando lo dice—. Te designo mezclador real del néctar, y si no mezclas nuestro néctar correctamente, haré que te parchen a la mitad de otra persona.

—¿Cómo se mezcla? —pregunta el veterano.

—¿Yo qué sé? No es trabajo del Boolooroo mezclar el néctar. ¡Capitán ultramarino, llévelo al dormitorio de los sirvientes! Tú, esclavo —dirigiéndose a Bobo—, serás el bota-azul real. Tu tarea será pulir con azul las botas y los zapatos de la familia real. ¡Mayordomo, muéstrele su camino!

Ghip-Ghissizle, el mayordomo del palacio, se asoma.

—Pero no sé hacerlo —dice Bobo.

—Pronto aprenderás, ¿no? Y si no, serás ejecutado —el Boolooroo sonríe con malicia.




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